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La fuerza que nos mueve a realizar cosas EXTRAORDINARIAS

¿Qué es lo que te impide avanzar?

Y es que nuestra mente trabaja continuamente (esperemos que así sea). El problema es que la mente, puede ser nuestra mayor aliada o nuestro peor enemigo. En ocasiones no tenemos éxito en nuestra carrera e incluso no sabemos qué hacer, y el problema no tiene nada que ver con el ámbito profesional, sino porque nuestra mente está en otro lugar, dedicada a ciertos pensamientos que únicamente nos restan potencia para seguir avanzando.

“Somos lo que pensamos, y actuamos en función de cómo pensamos”

La mente es tan jodidamente perversa que un único pensamiento podrido puede pudrir cualquier decisión que tomemos. Es más, grandes empresarios y grandes inversores, probablemente hayan tomado las peores decisiones de sus carreras, porque en un momento dado tuvieron un problema externo que acabó contagiando negativamente su capacidad de tomar buenas decisiones en su trabajo.

Si tuviera que elegir los más importantes, aquellos en los que más tiempo me estanco y que incluso me pueden hacer caer impidiéndome avanzar y viéndolo todo negro, serían los siguientes:

  1. Heridas del pasado.

    El pasado, con sus alegrías y quebraderos de cabeza, me ha hecho ser la persona que hoy día soy. Para eso sirve el pasado; hay que dejarlo ir. El pasado es un recuerdo, no un sitio donde vivir. Y supongo que todos tenemos recuerdos dolorosos, pero algunos recuerdos del pasado siempre los llevaremos como cicatrices, y las cicatrices son una señal de curación. Deja cicatrizar las heridas, y a otra cosa. Pero no sólo hablo del pasado de largo plazo, sino que personalmente, añadiría incluso el pasado más reciente.

    En una ocasión, a un amigo mío, parecía que el mundo se le caía encima, fue a raíz de un desengaño amoroso. Por desengaño amoroso me refiero a esa sensación de estar enamorado de alguien, tener una relación con esa persona, y que esa persona diga de terminar la relación. A pesar de que había tenido otros desengaños amorosos, nunca se había imaginado que una cosa así le pudiera hundir de esa forma.

    Supongo que la mayoría de las personas habrán experimentado algo así; no tener ganas de nada, ir a trabajar como un zombie vegetariano, no divertirte en las reuniones sociales, no ser capaz de quitarse a esa persona de la cabeza, y después de 20 días, aprovechar el fin de semana para quedarte en casa, porque tu amargura es tal que es lo único que te pide el cuerpo. Todo el mundo te dice que salgas, que te diviertas, que eso se pasa, y que cuanto antes comiences a asumirlo, antes se te pasará… pero es tan difícil… Es entonces cuando tuve una charla clara con él y le dije: “Sal y aparenta que te diviertes. Con lo tonto que estás demostrando ser, lo mismo hasta te engañas a ti mismo y comienzas a pasártelo bien”. Y realmente, de toda la charla, ese párrafo fue lo más amable y educado que pude llegar a decirle. De hecho, le hablé de tal forma que la sensación de cabreo superó a la de tristeza. ¿Y me pregunto? qué necesidad tenía de continuar sufriendo por algo que ya no iba a volver. Asumir el final y prepararse para comenzar de nuevo.

    Y aquella experiencia fue como una vacuna, pues con el tiempo, en cuestión de desengaños amorosos, independientemente de quién deje a quién, aprendí a estar fresco como una lechuga en 72 horas máximo. Desde entonces sigo un lema para las cuestiones del corazón: Si tarde o temprano el desamor se pasa, para qué voy a perder más de 3 días en algo que se me va a pasar seguro. Por tanto, hay que asumir la realidad de que algo ya ha terminado para volver a comenzar de nuevo.

  2. Los temores.

    Alguien dijo una vez: “sólo tengo un miedo, y es el miedo a tener miedo de algo“. Son los miedos los que me impiden avanzar en la mayoría de facetas de la vida. Y lo triste es que no se puede huir de los miedos. Únicamente se pueden combatir enfrentándote a ellos.

    ¿Tienes miedo a hablar en público?, pues habla en público hasta que el miedo desaparezca. ¿Eres tímido para comenzar a hablar con un desconocido?, pues habla con desconocidos hasta que la timidez desaparezca.

    Richard Branson, el magnate inglés conocido por su marca “Virgin”, dice que cada temor que ha tenido a lo largo de su vida lo ha convertido en un reto. De hecho, dedicaba cuerpo y alma en practicar aquellas cosas que le daban miedo hasta que ese miedo desaparecía. Hoy día solemos verlo practicando todo tipo de deportes de riesgo; los mismos que le daban pánico hace unos años. En otras ocasiones tenemos miedo de lo que pueda suceder, y es el propio miedo el que se encarga de hacer que suceda, porque le cedemos el control a esos miedos.

    Y para avanzar, lo único que diferencia a unas personas de otras es la capacidad de enfrentarse a sus mayores miedos. Eso es avanzar.

  3. Lo que los demás piensan de mí.

    ¿Sabías que dicen que muchos emprendedores inician su propio negocio únicamente porque les gustaría impresionar a los demás con su posible éxito? Otras personas se dedican a una profesión concreta, no porque les guste, sino porque está mejor vista por los demás, y piensan que así podrán impresionar a otras personas.

    Pero creo que esta competición mental por impresionar a los demás, suele terminar mal, porque nosotros sólo competimos contra nosotros mismos. El hecho de que otras personas estén haciendo algo, no significa realmente que esa opción sea la adecuada para nosotros. Steve Jobs decía que “no vivas la vida de otros“. Vive esa vida con la que te sientas bien, y haz lo que realmente quieres hacer. Algunas personas sin una vida propia a la que prestar atención, te adorarán o criticarán, pero al final, eres tú el que decide si te sientes feliz con la vida que estás llevando y haciendo aquello que estás haciendo.

    Y es que las personas te criticarán por cómo eres, y otras te adorarán por ese mismo motivo. Muchos ahora mismo no lo entienden, pero cuando comienzas a hacer las cosas únicamente por ti mismo y no por la imagen que quieres transmitir a los demás, la vida comienza a verse de una forma muy distinta.

La esencia más humana

Y es que a veces, las cosas son un poco más sencillas de lo que pensamos.

Al parecer, el acto de compartir es algo innato en el ser humano. Cada día tengo mas claro que debemos ponernos en manos de los niños, sino en su totalidad…en gran parte. Estos niños nos enseñan una lección que debiésemos grabar a fuego en nuestra mente: si nos decidiéramos a compartir un poco de lo que tenemos, el mundo sería un poco más feliz.

Recuerda:  ¿Quieres ser parte del problema o de la solución?

Una radiografía al mundo

¿Sabías que el sistema esquelético del ser humano tiene una arquitectura fundamental aplicable tanto a hombres como a mujeres? Hay varias diferencias estructurales entre ambos, pero estos no se perciben a simple vista, por lo que si ves a dos chicas besándose a través de una máquina de rayos X, probablemente no tengas cómo saber que son del mismo sexo.

Hasta que lo hagas, y quizás te sientas incómodo al respecto. Si el slogan “El amor no tiene género” no te parece ofensivo ni liberal, este video te sacará una sonrisa. Si por el contrario, te cuesta aceptar situaciones de este tipo, quizás te ponga a pensar…

“Por supuesto que todos somos diferentes Forrest, si Dios hubiese querido que fuéramos iguales, nos habría puesto a todos aparatos en las piernas, Forrest Gump”

El amor no debería llevar etiquetas, y eso se aplica a la edad, al género, a la raza, a la situación socioeconómica, a la religión y a tantos espectros más. Abramos la mente y el corazón

Toca el botón y escribe tu cuento

¿Quién soy? Una maquina con corazón dispuesta apretar todos y cada uno de los botones de mi cuerpo con el propósito de alcanzar el éxito y dejar huella en las personas, pasando por la felicidad y acabando por escribir el final de mí cuento.

Mi filosofía es simple pero algo compleja de explicar, solo necesito un par de minutos. Hay que dejarse llevar, hay que tocarse, claramente, toca el botón de la memoria y acuerdate de algún momento que no tienes ni idea de por qué lo recuerdas, pero que te hace sonreir. Como si de pronto acabaras de volver a Londres, hiciera un calor sofocante, tuvieras una rozadura gigante en el pie y te sentaras en un callejón sucio de Soho a cambiarte la tirita. Toca el botón del humor. Aunque sea para reírte de ti mismo porque esta mañana te has dicho hoy sí salgo pronto. Toca el botón de la risa. El que tienes entre las costillas VI y VII. Toca el botón de la espontaneidad. Y proponte algo innovador, como soltarte el pelo o comer en la cafetería en vez de en tu mesa. Toca el botón de la franqueza. Y manda ese mensaje de una vez. Dile algo increíblemente valiente como yo también lo pasé muy bien. Y el de la alegría. Baila Bailando en el despacho o dile a alguien lo guapa que está hoy. Toca el botón del descaro. Y dile a tu jefe eso que llevas seis meses pensando y no te atreves, pero no te pases, no vayas a tocar el botón del INEM. Toca el botón de Internet, pero para apagarlo un rato. Apaga un rato tu Facebook, Twitter e Instragram. Atrévete y apágalo. Apaga la radio, sal a la calle y toca el botón del deporte. Suda. Cánsate. Supera tu record. Libera endorfinas. Corre. Corre más. Y luego apaga la luz y toca el botón de pensar en nada.

Últimamente se habla mucho de estar preparados; de cumplir protocolos; de lo que se debe hacer; de lo que está bien y lo que está mal; se cambia la historia a golpe de corta y pega. Pero nosotros insistimos en hacer planes. Nos pasamos el día planificando. Y luego los diluvios nos pillan sin paraguas. A veces no planificamos nada, y acabamos iniciando el proyecto de nuestra vida.  Pasamos de tenerlo todo bajo control a estar bajo el control de todo. Y es que en la vida hay que jugar con el corazón, porque sin corazón solo seriamos maquinas. ¿En qué momento te saliste de la línea planificada? ¿En qué hito fallaste? ¿Se puede saber por qué la trigésimo novena no resultó ser la mujer de tu vida y ahora no puedes planificar la boda a los veintiocho y medio para tener el primer niño a los treinta clavados? ¿Acaso el destino se ríe de ti y quiere que seas un padre primerizo viejuno? ¿Y el puesto de adjunto al director? ¿Y la pequeña empresa de Nuevas Tecnologías que ibas a montar y que ya no tiene pinta ni de nueva ni de tecnológica porque se ha quedado obsoleta en tu cabeza? Del coche, mejor ni hablamos…Y supongo que Nueva York, puede esperar.

Una cosa está clara, y es que no quiero ser realista. No, va en contra de mis principios, de mi religión o como quieras llamarle. No quiero despreciar mi tiempo. Quiero que mi vida, mi trabajo, mi entorno signifiquen algo…tengo la necesidad de hacer que la vida de la gente que me rodea sea mejor. Quiero hacer el bien, quiero que el mundo sea mejor porque yo estuve aquí. Quiero ser el representante de mi idea, representar una posibilidad ¡Eres capaz de todo!. Un amigo me dijo: ¿de dónde sacas tanto tiempo para hacer tantas cosas? Le dije: no puedo permitirme el lujo de parar, mientras tú comes yo trabajo, mientras tú duermes yo trabajo…solo así podré alcanzar mis sueños. Hace un tiempo me tatué en el pie la frase ¿Where is de limit? Por dos razones: la primera, quiero que mis actos vayan de la mano de esta filosofía, cuando haga algo quiero estrujarlo al máximo y llegar donde nadie pueda llegar. Y la segunda, si por casualidad las fuerzas me hacen jugar una mala pasada y arrastran mi mirada al suelo…en mi pie tendré la respuesta a la felicidad.

“Este pastelero no hace dulces por que quiera viajar, o por que se quiera casar con la hija de un comerciante. Este pastelero hace dulces por que le gusta hacerlos, El Alquimista, Paulo Coelho”

Oh si, LA FELICIDAD. La felicidad está en abrir un poquito el ojo izquierdo y comprobar que te quedan dos horas más de sueño. En levantarte antes que tu hermano y que no se hayan terminado los Golden Grahams. En que el conductor del autobús esté contento y te abra la puerta en un semáforo, a dos largos metros de su parada. La felicidad es un mes de octubre con 25 grados. Un WhatsApp que ya no esperabas. Es pasear por Barcelona, encontrar un mensaje en un paso de cebra y pensar que esto vale la pena. Que te digan que es jueves cuando estabas convencido de que era miércoles. Escuchar esa canción. Una mañana sin atasco por las curvas hacia la universidad. Una entrada en Platea para ver El Rey León. Que alguien te diga te veo más delgado, después de haberte metido entre pecho y espalda un buen chuletón. Una ducha de media hora, acompañado. Una historia que empieza bien. La boda de mi íntimo amigo. La felicidad está en enamorarse. Aunque duela. En decir la mayor estupidez. La frase más ridícula. En subir a lo más alto y dejarse caer al vacío, darse un tortazo monumental, desear que te trague la tierra y hacerte pequeñito, llorar hasta tener sed y, después, volverte a enamorar. Y subir a lo más alto y dejarse caer al vacío y que, de pronto, todo cuadre, y alguien te recoja. O que todo se descuadre, pero descubras que no caes solo y el tortazo te sepa a gloria bendita. Que bonito nombre tienes felicidad, un placer tenerte en mis días…en mi cuento.

Como aquel cuento que me contaron en clase con ocho añitos, lógicamente, me sugirieron que escribiera el mío propio. Sin comerlo ni beberlo me encontré escribiendo mi primer cuento, ya ven, todo un reto. Me dieron los personajes protagonistas: una oveja y un lobo. Y con eso, papel y lápiz. Imaginación al poder.

 “Las personas mayores nunca comprenden nada por sí mismas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones, El Principito, Antoine de Saint-Exupéry”

Esa tarde volví a casa con una nota en la agenda para que mi familia leyera mi cuento. Por alguna razón que aún desconozco, adulto que lo leía, adulto que se partía de risa. Yo no entendía nada. Mi cuento no tenía ni pizca de gracia, maldita sea, me había pasado media hora haciendo giros para evitar un evidente y dramático final. No había ninguna intención de humor en mi novela. Más bien, todo lo contrario, pero ahí estaban los mayores riéndose sin ningún tipo de miramiento, en mi cara. Para mí, la cosa estaba clara; entre una oveja y un lobo no hay más cuento que éste:

Había una vez una oveja y un lobo. Y un día el lobo se comió a la oveja. Fin del cuento.

Que quieres que te diga, no se me ocurría nada más. Pero claro, ni siquiera a mí, con ocho años, se me escapaba que si ponía eso y sólo eso mi cuento iba a quedar un poco flojo. Así que empecé a escribir un rollo en el que mi oveja y mi lobo nunca se encontraban para dilatar el momento terrible en el que frente a frente el lobo se comiera a la oveja y yo me quedara sin cuento. Y así fui llevando a uno y otro por diversos escenarios en los que justo el lobo acaba de encontrando a la oveja, pero no. Como si de Atrápame si puedes…se tratara. El lobo se cabreaba cada vez más y sus ganas de zamparse a la oveja crecían. Pero nunca la pillaba, y episodio tras episodio, casualidad tras casualidad, conseguí tener un número aceptable de líneas (ya no se reirían de mi tan fácilmente) y llegó el momento de poner a mi oveja y mi lobo cara a cara, batirse en duelo. Y entonces cuando el lobo estaba a punto de anunciar algo tipo tu mataste a mi padre, prepárate a morir, pero en versión licántropo infantil…me dio un nosequé convertirlo en un asesino. Y la oveja, mi pobre oveja, me parecía demasiado lista para morir así…con tantos capítulos juntos uno le pilla cariño, y ahí me vino a la mente un último giro, de esos que surgen sin más, y escribí, sin pensarlo dos veces:

…y entonces el lobo se hizo vegetariano. Fin del cuento.

Leyeron mi final y se empezaban a reir y yo la verdad es que empezaba a rebotarme un poco, no entendía muy bien por qué les parecía tan gracioso, si yo sólo había pretendido salvar a mi oveja de una muerte segura. La culpa, evidentemente, no era mía. Yo jamás habría metido a un lobo y a una oveja juntos, adivina a ver qué pasa. Es evidente lo que pasa: el lobo se merienda a la oveja sin pestañear. Simplemente, yo me negué a relatar un asesinato cruel y a sangre fría en mi primer cuento. Y la solución más fácil era un aquí nadie quiere comerse a nadie y todos tan amigosEn definitiva, me plantearon que resolviera algo con unas reglas de juego que me parecían absurdas y muy poco sensatas. Y yo, a los ocho años, en vez de enfadarme, en vez de pensar esto es imposible, en vez de desesperarme o darme cabezazos contra la pared, solucioné la cuestión sin despeinarme en una frase de siete palabras. Y entonces el lobo se hizo vegetariano…

Creo que esto me lleva a una conclusión: a los ocho años tenía más recursos que ahora, por eso insisto en que una parte de mi siga siendo dueña de Peter Pan y los niños perdidos (por cierto, tatuado junto a mi filosofia). Después de tanto tiempo dedicado a dotarme de herramientas, resulta que ahora me cuesta mucho más encontrar el final del cuento. Se plantea una situación, con sus reglas del juego y aunque parezcan absurdas y poco sensatas…hay que ver lo que cuesta romperlas. Pero, ¿en qué momento dejamos de creer que de nosotros depende el final del cuento? ¿Quién nos dijo que no podemos pensar en un lobo vegetariano? ¿Quién nos convenció de que las herramientas para arreglar nuestro mundo había que comprarlas fuera? ¿Quién nos hizo creer que nuestro mundo necesitaba un arreglo o una mejora o un cambio o una actualización? Pero ¿qué somos? ¿un iPhone? Pero ¿qué pasa con nosotros? ¿En serio necesitamos instalar el IOS 7.0.2 porque nos lo dicen? ¿De verdad nos creemos que la mejor versión de nosotros mismos la vamos a sacar de algo externo?

Pues yo digo que si nos quedamos esperando a que otros nos escriban el final del cuento, puede que no acabemos cómo ni dónde esperábamos. Digo que el cuento es mío y acaba cómo a mí me parece. Que si en tu cuento no fuisteis felices comiendo perdices es que aún te queda mucho final por escribir. Que al final siempre ganan los buenos. Así que si tienes un villano por ahí saliéndose con la suya…este cuento no ha acabado. Ni colorín, ni colorado. Que todos los días dan para un buen capítulo. Que no podemos dejar nuestro cuento en manos del vecino. Ni en las del cartero. Ni en las de ese compañero de clase que te dejó unos apuntes y sabes que tiene una letra horrible. Ni siquiera se lo puedes dejar a tu madre, que por muchísimo que te quiera, no puede escribirte el cuento. Ni tu asesor fiscal. Ése tampoco. Y tampoco es algo que puedas encargar a tu secretaria. Ni a tu hermano pequeño, aunque si tiene menos de diez años puede echarte una mano. Pero no puedes pedirle que te escriba tu cuento. Ni a él ni a nadie. Tampoco a Spielberg. Ni a tu mejor amigo. Ni a esa chica tan mona que el otro día te pareció que te miraba, pero no estás seguro.

El final del cuento es tuyo y sólo tuyo. Tú lo amplias y le metes los giros que te dé la gana. ¿Te acuerdas cuando de pequeño interrumpías el cuento con un impertinente así no es a quién te lo estaba contando? Pues ahora igual. ¿Así no es? Vale, tú decides cómo es.

Att: Una maquina con corazón.

La zona de confort

¿Qué cambiarías en tu vida si no tuvieras miedo? En este vídeo os ilustramos el concepto de zona de confort…la zona de confort es aquella zona en la que no arriesgas, no te equivocas y evitas el miedo….es en efecto una zona confortable, aunque analizada desde cerca resulta en el fondo….incómoda. Incómoda porque sabes paradójicamente que no estás haciendo lo que realmente deseas hacer….quieres aprender cómo salir de ella? ¡Atrévete a soñar!