Toca el botón y escribe tu cuento

¿Quién soy? Una maquina con corazón dispuesta apretar todos y cada uno de los botones de mi cuerpo con el propósito de alcanzar el éxito y dejar huella en las personas, pasando por la felicidad y acabando por escribir el final de mí cuento.

Mi filosofía es simple pero algo compleja de explicar, solo necesito un par de minutos. Hay que dejarse llevar, hay que tocarse, claramente, toca el botón de la memoria y acuerdate de algún momento que no tienes ni idea de por qué lo recuerdas, pero que te hace sonreir. Como si de pronto acabaras de volver a Londres, hiciera un calor sofocante, tuvieras una rozadura gigante en el pie y te sentaras en un callejón sucio de Soho a cambiarte la tirita. Toca el botón del humor. Aunque sea para reírte de ti mismo porque esta mañana te has dicho hoy sí salgo pronto. Toca el botón de la risa. El que tienes entre las costillas VI y VII. Toca el botón de la espontaneidad. Y proponte algo innovador, como soltarte el pelo o comer en la cafetería en vez de en tu mesa. Toca el botón de la franqueza. Y manda ese mensaje de una vez. Dile algo increíblemente valiente como yo también lo pasé muy bien. Y el de la alegría. Baila Bailando en el despacho o dile a alguien lo guapa que está hoy. Toca el botón del descaro. Y dile a tu jefe eso que llevas seis meses pensando y no te atreves, pero no te pases, no vayas a tocar el botón del INEM. Toca el botón de Internet, pero para apagarlo un rato. Apaga un rato tu Facebook, Twitter e Instragram. Atrévete y apágalo. Apaga la radio, sal a la calle y toca el botón del deporte. Suda. Cánsate. Supera tu record. Libera endorfinas. Corre. Corre más. Y luego apaga la luz y toca el botón de pensar en nada.

Últimamente se habla mucho de estar preparados; de cumplir protocolos; de lo que se debe hacer; de lo que está bien y lo que está mal; se cambia la historia a golpe de corta y pega. Pero nosotros insistimos en hacer planes. Nos pasamos el día planificando. Y luego los diluvios nos pillan sin paraguas. A veces no planificamos nada, y acabamos iniciando el proyecto de nuestra vida.  Pasamos de tenerlo todo bajo control a estar bajo el control de todo. Y es que en la vida hay que jugar con el corazón, porque sin corazón solo seriamos maquinas. ¿En qué momento te saliste de la línea planificada? ¿En qué hito fallaste? ¿Se puede saber por qué la trigésimo novena no resultó ser la mujer de tu vida y ahora no puedes planificar la boda a los veintiocho y medio para tener el primer niño a los treinta clavados? ¿Acaso el destino se ríe de ti y quiere que seas un padre primerizo viejuno? ¿Y el puesto de adjunto al director? ¿Y la pequeña empresa de Nuevas Tecnologías que ibas a montar y que ya no tiene pinta ni de nueva ni de tecnológica porque se ha quedado obsoleta en tu cabeza? Del coche, mejor ni hablamos…Y supongo que Nueva York, puede esperar.

Una cosa está clara, y es que no quiero ser realista. No, va en contra de mis principios, de mi religión o como quieras llamarle. No quiero despreciar mi tiempo. Quiero que mi vida, mi trabajo, mi entorno signifiquen algo…tengo la necesidad de hacer que la vida de la gente que me rodea sea mejor. Quiero hacer el bien, quiero que el mundo sea mejor porque yo estuve aquí. Quiero ser el representante de mi idea, representar una posibilidad ¡Eres capaz de todo!. Un amigo me dijo: ¿de dónde sacas tanto tiempo para hacer tantas cosas? Le dije: no puedo permitirme el lujo de parar, mientras tú comes yo trabajo, mientras tú duermes yo trabajo…solo así podré alcanzar mis sueños. Hace un tiempo me tatué en el pie la frase ¿Where is de limit? Por dos razones: la primera, quiero que mis actos vayan de la mano de esta filosofía, cuando haga algo quiero estrujarlo al máximo y llegar donde nadie pueda llegar. Y la segunda, si por casualidad las fuerzas me hacen jugar una mala pasada y arrastran mi mirada al suelo…en mi pie tendré la respuesta a la felicidad.

“Este pastelero no hace dulces por que quiera viajar, o por que se quiera casar con la hija de un comerciante. Este pastelero hace dulces por que le gusta hacerlos, El Alquimista, Paulo Coelho”

Oh si, LA FELICIDAD. La felicidad está en abrir un poquito el ojo izquierdo y comprobar que te quedan dos horas más de sueño. En levantarte antes que tu hermano y que no se hayan terminado los Golden Grahams. En que el conductor del autobús esté contento y te abra la puerta en un semáforo, a dos largos metros de su parada. La felicidad es un mes de octubre con 25 grados. Un WhatsApp que ya no esperabas. Es pasear por Barcelona, encontrar un mensaje en un paso de cebra y pensar que esto vale la pena. Que te digan que es jueves cuando estabas convencido de que era miércoles. Escuchar esa canción. Una mañana sin atasco por las curvas hacia la universidad. Una entrada en Platea para ver El Rey León. Que alguien te diga te veo más delgado, después de haberte metido entre pecho y espalda un buen chuletón. Una ducha de media hora, acompañado. Una historia que empieza bien. La boda de mi íntimo amigo. La felicidad está en enamorarse. Aunque duela. En decir la mayor estupidez. La frase más ridícula. En subir a lo más alto y dejarse caer al vacío, darse un tortazo monumental, desear que te trague la tierra y hacerte pequeñito, llorar hasta tener sed y, después, volverte a enamorar. Y subir a lo más alto y dejarse caer al vacío y que, de pronto, todo cuadre, y alguien te recoja. O que todo se descuadre, pero descubras que no caes solo y el tortazo te sepa a gloria bendita. Que bonito nombre tienes felicidad, un placer tenerte en mis días…en mi cuento.

Como aquel cuento que me contaron en clase con ocho añitos, lógicamente, me sugirieron que escribiera el mío propio. Sin comerlo ni beberlo me encontré escribiendo mi primer cuento, ya ven, todo un reto. Me dieron los personajes protagonistas: una oveja y un lobo. Y con eso, papel y lápiz. Imaginación al poder.

 “Las personas mayores nunca comprenden nada por sí mismas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones, El Principito, Antoine de Saint-Exupéry”

Esa tarde volví a casa con una nota en la agenda para que mi familia leyera mi cuento. Por alguna razón que aún desconozco, adulto que lo leía, adulto que se partía de risa. Yo no entendía nada. Mi cuento no tenía ni pizca de gracia, maldita sea, me había pasado media hora haciendo giros para evitar un evidente y dramático final. No había ninguna intención de humor en mi novela. Más bien, todo lo contrario, pero ahí estaban los mayores riéndose sin ningún tipo de miramiento, en mi cara. Para mí, la cosa estaba clara; entre una oveja y un lobo no hay más cuento que éste:

Había una vez una oveja y un lobo. Y un día el lobo se comió a la oveja. Fin del cuento.

Que quieres que te diga, no se me ocurría nada más. Pero claro, ni siquiera a mí, con ocho años, se me escapaba que si ponía eso y sólo eso mi cuento iba a quedar un poco flojo. Así que empecé a escribir un rollo en el que mi oveja y mi lobo nunca se encontraban para dilatar el momento terrible en el que frente a frente el lobo se comiera a la oveja y yo me quedara sin cuento. Y así fui llevando a uno y otro por diversos escenarios en los que justo el lobo acaba de encontrando a la oveja, pero no. Como si de Atrápame si puedes…se tratara. El lobo se cabreaba cada vez más y sus ganas de zamparse a la oveja crecían. Pero nunca la pillaba, y episodio tras episodio, casualidad tras casualidad, conseguí tener un número aceptable de líneas (ya no se reirían de mi tan fácilmente) y llegó el momento de poner a mi oveja y mi lobo cara a cara, batirse en duelo. Y entonces cuando el lobo estaba a punto de anunciar algo tipo tu mataste a mi padre, prepárate a morir, pero en versión licántropo infantil…me dio un nosequé convertirlo en un asesino. Y la oveja, mi pobre oveja, me parecía demasiado lista para morir así…con tantos capítulos juntos uno le pilla cariño, y ahí me vino a la mente un último giro, de esos que surgen sin más, y escribí, sin pensarlo dos veces:

…y entonces el lobo se hizo vegetariano. Fin del cuento.

Leyeron mi final y se empezaban a reir y yo la verdad es que empezaba a rebotarme un poco, no entendía muy bien por qué les parecía tan gracioso, si yo sólo había pretendido salvar a mi oveja de una muerte segura. La culpa, evidentemente, no era mía. Yo jamás habría metido a un lobo y a una oveja juntos, adivina a ver qué pasa. Es evidente lo que pasa: el lobo se merienda a la oveja sin pestañear. Simplemente, yo me negué a relatar un asesinato cruel y a sangre fría en mi primer cuento. Y la solución más fácil era un aquí nadie quiere comerse a nadie y todos tan amigosEn definitiva, me plantearon que resolviera algo con unas reglas de juego que me parecían absurdas y muy poco sensatas. Y yo, a los ocho años, en vez de enfadarme, en vez de pensar esto es imposible, en vez de desesperarme o darme cabezazos contra la pared, solucioné la cuestión sin despeinarme en una frase de siete palabras. Y entonces el lobo se hizo vegetariano…

Creo que esto me lleva a una conclusión: a los ocho años tenía más recursos que ahora, por eso insisto en que una parte de mi siga siendo dueña de Peter Pan y los niños perdidos (por cierto, tatuado junto a mi filosofia). Después de tanto tiempo dedicado a dotarme de herramientas, resulta que ahora me cuesta mucho más encontrar el final del cuento. Se plantea una situación, con sus reglas del juego y aunque parezcan absurdas y poco sensatas…hay que ver lo que cuesta romperlas. Pero, ¿en qué momento dejamos de creer que de nosotros depende el final del cuento? ¿Quién nos dijo que no podemos pensar en un lobo vegetariano? ¿Quién nos convenció de que las herramientas para arreglar nuestro mundo había que comprarlas fuera? ¿Quién nos hizo creer que nuestro mundo necesitaba un arreglo o una mejora o un cambio o una actualización? Pero ¿qué somos? ¿un iPhone? Pero ¿qué pasa con nosotros? ¿En serio necesitamos instalar el IOS 7.0.2 porque nos lo dicen? ¿De verdad nos creemos que la mejor versión de nosotros mismos la vamos a sacar de algo externo?

Pues yo digo que si nos quedamos esperando a que otros nos escriban el final del cuento, puede que no acabemos cómo ni dónde esperábamos. Digo que el cuento es mío y acaba cómo a mí me parece. Que si en tu cuento no fuisteis felices comiendo perdices es que aún te queda mucho final por escribir. Que al final siempre ganan los buenos. Así que si tienes un villano por ahí saliéndose con la suya…este cuento no ha acabado. Ni colorín, ni colorado. Que todos los días dan para un buen capítulo. Que no podemos dejar nuestro cuento en manos del vecino. Ni en las del cartero. Ni en las de ese compañero de clase que te dejó unos apuntes y sabes que tiene una letra horrible. Ni siquiera se lo puedes dejar a tu madre, que por muchísimo que te quiera, no puede escribirte el cuento. Ni tu asesor fiscal. Ése tampoco. Y tampoco es algo que puedas encargar a tu secretaria. Ni a tu hermano pequeño, aunque si tiene menos de diez años puede echarte una mano. Pero no puedes pedirle que te escriba tu cuento. Ni a él ni a nadie. Tampoco a Spielberg. Ni a tu mejor amigo. Ni a esa chica tan mona que el otro día te pareció que te miraba, pero no estás seguro.

El final del cuento es tuyo y sólo tuyo. Tú lo amplias y le metes los giros que te dé la gana. ¿Te acuerdas cuando de pequeño interrumpías el cuento con un impertinente así no es a quién te lo estaba contando? Pues ahora igual. ¿Así no es? Vale, tú decides cómo es.

Att: Una maquina con corazón.

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